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La bruma se cernía densa a nuestro alrededor, estabamos cobijadas bajo aquel gran árbol, un árbol milenario que podía contarnos las historias más antiguas del mundo en que nos encontrábamos, Gaia… Ella, la Gran Sacerdotisa, y yo sólo una aprendiz ansiosa de saber.
Me tendió un libro, el primero sólo de una serie que como me dijo se revelan en su debido momento. Era la historia de nosotros, de nuestra Tradición; lo tomé con cuidado entre mis manos y comencé a hojearlos y mientras pasaba las hojas iba adquiriendo la sabiduría que necesitaba en ese momento.
Era Avalon aquél reino antiguo donde nos encontrábamos, la Gran Dama yacía sentada a mi lado con su blanca túnica mientras me explicaba que como sacerdotisas no debemos tener miedo ante las cosas que son, que la verdad está por ser revelada y que debíamos estar preparadas para ese momento, que teníamos que ser fuertes y luchar contra los que quisieran dañarnos y sobre todo, que debíamos creer y no dudar.
Yo la escuchaba mientras su voz cantarina me revelaba este misterio, no podía dejar de sentir la paz que perturbadora anidaba en aquel sitio, podía sentir mi fuerza, podía sentir mi poder y sobre todo podía sentir a aquellos diminitos seres que nos rodeaban y nos protegian.
Ella continuó con el relato del árbol bajo el que nos encontrábamos, silencioso testigo de los siglos pasados en los que Dios y Diosa habían vertido tanto su magia como sus lágrimas; podía sentirlo, podía escucharlo, su voz un murmullo que le arrancaba el viento diciéndome que era mi aliado que la fuerza necesaria la tomara de él, que iba a ser mi acompañante en este arduo camino de aprendizaje y de conocimiento, y que así como él era milenario mi alma también lo era, que venía de siglos y que como él había contemplado el inicio de la historia, que debía cerrar mis ojos y dejarme llevar por lo que veía y que así comprendería.
Fue en ese momento que lo entendí todo, en que me vi, mi piel blaca casi sonrosada, mi cabello oscuro, mi túnica lila, finas facciones, menuda y grande a la vez y lo vi a él, alto y fuerte, un druida sabio y milenario que me entregaba su amor y sus pensamientos sinceros.
La Dama se incorporó y pude contemplar la majestuosidad de su rostro sereno. Caminamos una junto a la otra, atravesando la bruma en silencio compartiendo tan sólo aquel momento.

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