Justo en el ángulo que forman dos paredes de las cuatro que me encierran hay una gran mancha de humedad, día con día se extiende y es en ese lento compás que marca el tic – tac del tiempo que la contemplo.

El humo del cigarro no logra disiparse mientras yace en el cenicero de barro, forma volutas en mi mente, asfixia y corrompe el aire viciado de hastío que se cuela por la ventana, testigo único de mi contacto con el exterior: la nada.

Ruido de tráfico que ensordece, de pasos que apresurados intentan llegar hacia algún punto, de voces exaltadas que hablan de trivialidades, a lo lejos el sonido de un televisor sintonizando una historia estúpida de una mujer enamorada de un imposible, mejor que una novela de Murakami.

Pesadez, hastío, inconformidad con lo cotidiano, deseos de huir, de correr, de destrozar, de matar, de terminar con todo lo que circunda a la razón y al sentimiento.

Humedad, moho, podedumbre en esa esquina, reptando silenciosamente hasta anidar en mí, contaminándome para terminar enloqueciendo de ira, bañada en lágrimas, proyectando tan sólo una pequeña parte de lo que comúnmente llamamos alma.

~ por gabadennis en Septiembre 9, 2008.

3 comentarios to “…”

  1. El hastío corrompe sólo si lo dejas. Siempre lo he pensado.
    Pese a ello, me encanta. Incluso he llegado a sentir el olor a humedad y a tabaco del viciado aire.
    :)
    Saludos!

  2. la mancha es el destino

  3. Que asco es el hastío cuando se cree dueño y señor…

    Los relojes no perdonan y cómo siempre lo he pensado ese moho es sólo provocado por las lágrimas que se han derramado y se han quedado en una esquina… queriendo olvidar.

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